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P9110293-2copyMe encanta el olor de la ciudad cuando se adormece, el suspiro conjunto de millones de cuerpos que al fin han terminado de trabajar. El sol que impregna el aire de dorado mientras se pone tras los edificios del final de la calle.

No se por qué, pero huele como a quemado.

La razón más tonta.

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La consecuencia de una mirada puede ser una sonrisa.

Es agradable que alguien te diga cosas bonitas. Recostarte contra la almohada y sonreír al mirar la pantalla del móvil, enjugarte una lágrima imaginando que es otra mano la que te acaricia la mejilla, danzar por el pasillo perseguida por una sonrisa que únicamente puedes ver. Al fin y al cabo, la suerte cambia, y tarde o temprano me tenía que tocar un poquito a mí. Sigo mirándome con desconfianza desde los espejos, pero tal vez, tal vez si me pongo en sus ojos…

No sé. Me gusta. Le veo y sonrío. ¿Para qué preguntarse nada más?

Llamada

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Mi mirada va inconscientemente hacia el móvil, atrapada en el brillo de su pantalla, mientras el ritmo de mi pecho se acelera. Me levanto y camino en círculos por la habitación, sacudiendo las manos con violencia, como para quitarles el impulso de lanzarse a agarrar el aparato. Trago saliva. Me miro al espejo y me arreglo el pelo, el maquillaje, el sujetador, lo que sea con tal de tener la mente ocupada. Aunque sea con la autocrítica. Miro por la ventana. Bostezo, y los ojos se me llenan de lágrimas que tengo que contener parpadeando hacia arriba para que no se me baje el lápiz negro de khol. De repente me vuelvo y aún sigue ahí, sobre mi mesa, me está mirando, me pide que lo coja.

¿Debería…?

Le doy la espalda. Es curioso, con un par de tragos de vodka subiéndome hacia el cerebro ya no tendría ese problema. De hecho, luego no podría enfadarme conmigo misma por haberlo hecho porque “aaaaah, ¡habría bebido!”. Pero sigo sobria y confusa. Vuelvo a mirar el aparato, que se agazapa, dispuesto para morder. Aguantarse es como contener la respiración. Pero no, no pienso marcar un sólo número hasta que no llame él primero.

 Ah, qué demonios.

Pip-pip-pip-pipip-pipip

Tu… tu… tu…

“El número al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura. Si desea dejar…”

 Mierda.

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Érase una vez una niña. Y un parque. No era un parque muy extenso ni exuberante, pero para la niña era ideal. En su pequeña mente se imaginaba surtidores con hadas, cabañas de brujas y árboles encantados donde sólo había vulgares fuentes y ramas desnudas por el otoño. Para ella la hierba siempre era verde y los pájaros cantaban, aunque a su alrededor sólo se escuchasen las tosecillas de las abuelas de daban de comer a las palomas y los zureos de estas. Para ella el cielo siempre era color cyan, brillante y limpio, aunque un enorme muro pintarrajeado de grafitis la rodease y una verja de metal atrapara su vista y no la dejara ascender más allá, mucho más allá de aquel parque.

Para ella era perfecto. Es lo que tiene la infancia.

 

Una mañana de verano, la niña se alejó correteando de su madre, y tropezó y cayó sobre la hierba manchada de rayos de sol. Sus pequeños ojos se volvieron verdes como la hierba con la caída, y al levantarlos se encontró frente a frente con un niño que también tenía los ojos verdes. Ambos sonrieron, y su madre, difuminada a su espalda, también esbozó una sonrisa de carmín con un cigarrillo entre los labios. Luego exhaló, y de los rayos de sol a través del humo salió ella. Una niña ya mayor, que avanzaba con gracia por la hierba del mismo color que sus ojos, sin reparar en la verja de hierro que cubría el cielo.

Siempre seguía el mismo camino, y siempre estaba él en el banco de madera, de espaldas a ella. Siempre con el pelo rubio, el mismo corte, la misma ropa, la misma mirada que había provocado su caída años antes. Nunca se miraban, pero ambos sabían que se estaban mirando el uno al otro.

La misma joven se acercó días después al mismo parque y recorrió el mismo camino hacia el mismo banco, y se encontró con que él no estaba solo. Se le humedecieron los ojos y una sonrisa iluminó su cara cuando descubrió que a su lado había una mujer, cuya cabeza reposaba cariñosamente en el hombro de él. Advirtió un ligero cambio en su cabello; unos cuantos pelos sueltos, aquel mechón que antes no estaba en ese lado, las hombreras de la chaqueta de otro color. Algo azorada, se dio la vuelta y se marchó por donde había venido, mientras el sol se ponía sobre su pelo.

Unos días después, la joven se acercó sigilosamente al banco para no despertar al bebé que yacía dormido en el interior del cochecito que él acunaba suavemente. Volvió a emocionarse, y estuvo a punto de mostrarse delante de sus ojos, sonriente, aquí estoy, pero se contuvo y volvió a alejarse por el mismo camino con saltitos gráciles.

Pero un día, ocurrió. Él la encontró espiándole y le miró por el rabillo del ojo. Sólo fue un momento, pero ella pudo ver con toda claridad la piel cetrina que rodeaba sus ojos, fruto de muchas noches en vela, y las arrugas que lo rodeaban como montañas a un valle. Y entonces se dio cuenta de que su pelo ya no era rubio, sino blanco. Y de que su respiración era pesada. Y, por primera vez, le vio dándoles de comer a las palomas.

Entonces, la joven se miró las manos, y las encontró pálidas y arrugadas. Se acercó un mechón de pelo a los ojos, y descubrió que había perdido el color. Se acarició las mejillas, y ya no las encontró tersas. Y por primera vez, desvió los ojos al cielo y lo encontró sucio y humeante, y se dio cuenta de que había una verja de hierro y un muro pintarrajeado de grafitis que rodeaban el parque y que la rodeaban a ella.

La niña recordó la sonrisa de carmín de su madre, y esbozó una sonrisa lastimera. Y, por primera vez, se sintió triste.

Nota de la autora: tenía que estrenar de alguna manera el cuaderno de matemáticas.

 

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Millones de jóvenes se dejan la salud, la mente y, en algunos casos, la vida, persiguiendo una beldad que no existe.

En el Romanticismo las mujeres bebían vinagre para mostrarse enfermas y desvalidas. Ahora se vomita a escondidas parecer más delgada (o delgado) y lo que es desconcertante, saludable. Y claro que no funciona, cómo va a funcionar. Es como adorar a un dios antiguo, te entregas a una pasión ciegamente hasta el punto de ver tu imagen distorsionada e infravalorarte, le ofreces sacrificios dejando de comer, rezas por él a todas horas y le adoras con respeto, como si fuese la razón de tu existencia. Pero en este caso ése dios sería el Photoshop.

Claro que yo también me he dejado embaucar por la estupenda imagen que ofrecen las modelos en las portadas de las revistas, tan perfectamente perfectas, tan extrañas y lejanas. Y quién no. No tienen ningún defecto, son perfectamente anormales: el color de los ojos, el grosor de los labios, el movimiento del pelo, el hoyuelo de la barbilla… te desesperas, pensando en las diferencias entre esa especie de semidiosa y tú, que apenas llegas a persona al despertarte por las mañanas. Y el cerebro confunde el estilo con la delgadez, la inmortalidad con la belleza. Es normal.

Pero se te olvida una cosa; que eso que persigues simplemente no existe. Ya no es sólo la cara: las sombras del brazo, los muslos, los pelos sueltos, incluso las arrugas del pantalón, todo se perfecciona. La modelo puede ser guapa, pero no es perfecta. Gran parte del mérito (y no es por ofender a las modelos) es del Photoshop. Y por eso, teniendo en cuenta la existencia de ese artilugio salvador, ya no envidio a las chicas de las revistas. Por favor, no os dejéis engañar vosotros tampoco.

A mí me ha engordado el culo, y a mucha honra.

 

-Inspirado por el artículo “El caso del píxel perfecto”, de la revista El País Semanal, nº 1.698, domingo 12 de abril de 2009.

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Bueno, tengo algún que otro relatillo por allí suelto pero me da pereza colgarlo, además de que actualmente tengo el tablero del blog totalmente hecho m… (y no son mis ojos, ¡se ha vuelto loco!) y eso me quita la inspiración :D (vaga XD).

Así que hoy por hoy dejo una foto del paseo Independencia que hice hace poco y me quedo más ancha que larga.

Otro día más ^^

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Venga, que te lo sabes. No hay nada que temer. ¿Dónde narices se enchufa esto? Se quedó plantado en mitad del escenario –que tenía el suelo de plástico completamente desconchado y lleno de agujeros por donde se escapaba una especie de arena arcillosa y bastante antiestética que esperaban que no fuese vista por el público, al fin y al cabo para eso había dos metros de tarima- con el cable de la guitarra colgando en la mano como una anguila muerta y el aparato colocado sobre la cadera. La gente comenzaba a entrar por la puerta y a acercarse hacia la tarima, todos con cara de querer echarse una siesta. Pues lo sentimos en el alma, si bajamos el volumen se silenciarán del todo los amplificadores. No hay quien se aclare con esto. Mejor lo subo todo a toda leche y luego si eso… bah, que se jodan. Así está bien, pensó mientras enchufaba la guitarra al amplificador que pilló más cerca y le daba a unas cuantas cuerdas para comprobar que estaba lo suficientemente alto como para despertar al público y hacerles proferir maldiciones. Detrás de él, el batería aporreaba los tambores, a su bola. Qué capacidad de concentración. El bajista tocaba una y otra vez la misma canción, que además era justamente una de las que no iban a tocar aquella vez. Espero que al menos se sepan el repertorio, que para dos malditas canciones…

Él mismo se sentía extraño, como si se estuviese presentando a un examen sin tener ni pajolera idea de nada, y a la vez sin que le importase lo más mínimo. Porque sabía que habría otras cuatro personas respaldándole (tres, si el micrófono no se dignaba a funcionar). ¿Sería eso lo que se llamaba espíritu de equipo? ¿O simplemente tenía sueño? A su lado el otro guitarra buscaba con desesperación un amplificador que midiese más de dos palmos, mientras la gente se sentaba delante de ellos, expectante, las luces se apagaban dejándoles solos ante el peligro y un tío al que no conocía subía las escaleras hacia el micrófono traicionero para presentarles. Ni que hiciese falta, todo el mundo los conocía. Como para no, con el ruido que hacían por los pasillos.”Entonces, ¿cómo acabamos con la segunda canción? ¿Estribillo y luego la?” “Y yo qué me sé, pregúntale a él.” “Pero…”

Entonces el tío ese dijo su nombre y se bajó de la tarima sonriente, todo el público aplaudió a oscuras y ellos esbozaron su mejor sonrisa y el batería comenzó a marcar el ritmo. A ellos les gustó, pero él no recordaba nada. Desde el primer acorde se había quedado con la mente en blanco. ¿Sería esto actuar? ¿O simplemente tenía sueño?

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TristeFama: II del III

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Se sentó en la ventana con los pies colgando hacia el vacío, y luego se dejó resbalar con mucho cuidado hacia el saliente de debajo. El corazón se le salía del pecho. Aseguró las manos a su alféizar todo lo que pudo, era consciente de que si se soltaba caería de cabeza al suelo, y eso le daba fuerzas para agarrarse mucho mayores de las que creía haber tenido nunca. Por fin uno de sus pies rozó el saliente. Bajó el otro, y quedó de espaldas a la pared, agarrada a los ladrillos con manos temblorosas. Giró la cabeza buscando la cañería, y la encontró a su izquierda, a unos pocos centímetros de su mano. Con cuidado, la soltó de la pared y la extendió hacia la cañería, pero eso hizo que se desestabilizase por un momento y perdiese el equilibrio. Con un grito ahogado, se agarró con ambas manos al tubo, mientras uno de sus pies pendía sobre el vacío y el otro se apoyaba temerariamente en el borde del saliente. A sus pies, la calle estaba silenciosa, la carretera anaranjada por las luces de las farolas y los árboles se bamboleaban impulsados por el viento veraniego. Nadie pasaba por la calle. Ningún coche cruzaba la calzada. Era lo bueno de vivir a las afueras. Pero si se caía, no habría nadie allí para ayudarla.

Jadeando,  consiguió colocar los dos pies de nuevo en el saliente, aunque continuaba inclinada, apoyando todo su peso sobre la cañería. ¿Sería capaz de sujetarse en ella y descender como quien no quiere la cosa hasta la calle? ¿Soportaría el tubo su peso? Ya era demasiado tarde para volver atrás. Tendría que hacerlo. Poco a poco, separó los pies del saliente y los colocó uno a cada lado de la tubería, sujetos entre ladrillo y ladrillo. Tenía que hacer una fuerza sobrehumana para sujetarse así, con solo la punta de la zapatilla, pero era mejor que nada. Con mucho cuidado, bajó un pie a otro ladrillo más abajo, luego el otro, y por último descendió las manos por la cañería. Esta chirrió un poco, pero no se movió. Así, continuó bajando a lo largo de la pared, resbalándose más de una vez en los ladrillos, pero sin soltarse nunca del todo. Pasó justo al lado de la habitación de sus padres y le dio tiempo a asomarse con cautela. Dormían como troncos. Con un poco de suerte, a la mañana siguiente nadie habría descubierto nada y ella habría dormido inocente toda la noche.

 

Cuando puso los pies en el suelo, con el corazón latiéndole a mil revoluciones por segundo y los ojos un poco empañados, en vez de sentir cansancio y miedo se sintió superada, alegre y creyéndose capaz de cualquier cosa. Le dieron ganas de saltar y de gritar, pero en el último momento se le ocurrió que despertar a todo el mundo desbarataría el plan, y se contentó con cerrar el puño y echar el codo hacia atrás, en una exclamación de victoria. Luego, sin perder tiempo, miró la hora en su móvil y salió corriendo por la acera desierta hacia la parada del autobús.

 

 

 

-Sigues viva, bieen-le dijo Anne cuando Alicia llegó corriendo, con el pelo revuelto y la chaqueta desabrochada.

-Sí, ya ves, nada puede conmigo-contestó, echándose con un suspiro el pelo hacia atrás.

-¿Te ha costado mucho bajar? Aún no me creo que te hayas escapado por la ventana-le dijo su amiga con una risita.

-Pues lo he hecho. Bueno, ¿qué autobús cogemos?

-No lo sé del todo, creo que este bar está en una de las bocacalles del centro, aunque a saber donde-contestó su amiga, mirando las entradas.

-Genial-dijo con sarcasmo.

-En un principio vamos al centro y luego ya veremos.

 

Alicia miró a su alrededor mientras recuperaba el aliento. La calle estaba desierta, las únicas personas que había en la parada eran ellas dos. Dos chicas adolescentes solas en una parada de autobús a altas horas de la noche, con una carretera delante y matorrales alrededor que proyectaban extrañas sombras por las pocas farolas que no estaban fundidas. Le recorrió un escalofrío. No se atrevía a preguntarle a Anne si llevaba algún tipo de protección; un spray de pimienta, una navaja, una katana, una granada, algo. Su amiga parecía tan tranquila, pero a Alicia cada vez le daban menos ganas de montar en el autobús. Aunque claro, tampoco pensaba quedarse allí, y confesarle a su amiga esos miedos tampoco le parecía buena idea. Lo más seguro era que se riese de ella. Así que hizo de tripas corazón y se dedicó a mirar hacia la carretera con mirada inalterable, aunque le temblaba una rodilla incontrolablemente. Siempre le pasaba cuando tenía frío o estaba nerviosa. Y por lo que acababa de descubrir, también cuando tenía miedo.

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