
Se sentó en la ventana con los pies colgando hacia el vacío, y luego se dejó resbalar con mucho cuidado hacia el saliente de debajo. El corazón se le salía del pecho. Aseguró las manos a su alféizar todo lo que pudo, era consciente de que si se soltaba caería de cabeza al suelo, y eso le daba fuerzas para agarrarse mucho mayores de las que creía haber tenido nunca. Por fin uno de sus pies rozó el saliente. Bajó el otro, y quedó de espaldas a la pared, agarrada a los ladrillos con manos temblorosas. Giró la cabeza buscando la cañería, y la encontró a su izquierda, a unos pocos centímetros de su mano. Con cuidado, la soltó de la pared y la extendió hacia la cañería, pero eso hizo que se desestabilizase por un momento y perdiese el equilibrio. Con un grito ahogado, se agarró con ambas manos al tubo, mientras uno de sus pies pendía sobre el vacío y el otro se apoyaba temerariamente en el borde del saliente. A sus pies, la calle estaba silenciosa, la carretera anaranjada por las luces de las farolas y los árboles se bamboleaban impulsados por el viento veraniego. Nadie pasaba por la calle. Ningún coche cruzaba la calzada. Era lo bueno de vivir a las afueras. Pero si se caía, no habría nadie allí para ayudarla.
Jadeando, consiguió colocar los dos pies de nuevo en el saliente, aunque continuaba inclinada, apoyando todo su peso sobre la cañería. ¿Sería capaz de sujetarse en ella y descender como quien no quiere la cosa hasta la calle? ¿Soportaría el tubo su peso? Ya era demasiado tarde para volver atrás. Tendría que hacerlo. Poco a poco, separó los pies del saliente y los colocó uno a cada lado de la tubería, sujetos entre ladrillo y ladrillo. Tenía que hacer una fuerza sobrehumana para sujetarse así, con solo la punta de la zapatilla, pero era mejor que nada. Con mucho cuidado, bajó un pie a otro ladrillo más abajo, luego el otro, y por último descendió las manos por la cañería. Esta chirrió un poco, pero no se movió. Así, continuó bajando a lo largo de la pared, resbalándose más de una vez en los ladrillos, pero sin soltarse nunca del todo. Pasó justo al lado de la habitación de sus padres y le dio tiempo a asomarse con cautela. Dormían como troncos. Con un poco de suerte, a la mañana siguiente nadie habría descubierto nada y ella habría dormido inocente toda la noche.
Cuando puso los pies en el suelo, con el corazón latiéndole a mil revoluciones por segundo y los ojos un poco empañados, en vez de sentir cansancio y miedo se sintió superada, alegre y creyéndose capaz de cualquier cosa. Le dieron ganas de saltar y de gritar, pero en el último momento se le ocurrió que despertar a todo el mundo desbarataría el plan, y se contentó con cerrar el puño y echar el codo hacia atrás, en una exclamación de victoria. Luego, sin perder tiempo, miró la hora en su móvil y salió corriendo por la acera desierta hacia la parada del autobús.
-Sigues viva, bieen-le dijo Anne cuando Alicia llegó corriendo, con el pelo revuelto y la chaqueta desabrochada.
-Sí, ya ves, nada puede conmigo-contestó, echándose con un suspiro el pelo hacia atrás.
-¿Te ha costado mucho bajar? Aún no me creo que te hayas escapado por la ventana-le dijo su amiga con una risita.
-Pues lo he hecho. Bueno, ¿qué autobús cogemos?
-No lo sé del todo, creo que este bar está en una de las bocacalles del centro, aunque a saber donde-contestó su amiga, mirando las entradas.
-Genial-dijo con sarcasmo.
-En un principio vamos al centro y luego ya veremos.
Alicia miró a su alrededor mientras recuperaba el aliento. La calle estaba desierta, las únicas personas que había en la parada eran ellas dos. Dos chicas adolescentes solas en una parada de autobús a altas horas de la noche, con una carretera delante y matorrales alrededor que proyectaban extrañas sombras por las pocas farolas que no estaban fundidas. Le recorrió un escalofrío. No se atrevía a preguntarle a Anne si llevaba algún tipo de protección; un spray de pimienta, una navaja, una katana, una granada, algo. Su amiga parecía tan tranquila, pero a Alicia cada vez le daban menos ganas de montar en el autobús. Aunque claro, tampoco pensaba quedarse allí, y confesarle a su amiga esos miedos tampoco le parecía buena idea. Lo más seguro era que se riese de ella. Así que hizo de tripas corazón y se dedicó a mirar hacia la carretera con mirada inalterable, aunque le temblaba una rodilla incontrolablemente. Siempre le pasaba cuando tenía frío o estaba nerviosa. Y por lo que acababa de descubrir, también cuando tenía miedo.